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Es verdad. La muerte es el inevitable final de un ciclo. Nacemos, crecemos, nos desarrollamos y realizamos, pero  fatalmente el tiempo de vida  se acorta y llega  un momento en el que, pese a los llamados a Dios, a su misericordia, a ruegos y lágrimas de la familia, los amigos, se tiene que emprender el inmenso viaje sin retorno. Pero no todas las muertes son iguales Maestro Sunqu Suwa.

Hay unas que dan vergüenza: la de los ruines, miserables que ensoberbecidos por el poder hicieron sufrir a los hombres del pueblo.

Otras, que a su nombre y a la de sus  familiares lo cubren de honor y prestigio porque en nombre de la patria o de sus ideales entregaron su vida buscando la justicia, la verdad y días sin miseria y dolor. Son las muertes de héroes civiles o militares.

La de los artistas populares como tú, tocayo, que en vida derrochan cariño, amistad, sencillez, modestia, pese a la grandeza del arte musical que la llevabas en el alma pero mucho más en tus dedos con los que, como un Dios, le dabas vida y espíritu a las canciones que brotaban de tu arpa para que otros como tú, orgullosos de nuestra raíz andina y sangre Wari, hablemos el quechua, bebamos la chicha, cantemos y bailemos nuestros waynos, y conversemos con la hoja bendita de la coca para escuchar sus consejos.

En pocas palabras.

Muerte como la tuya, ocurrida hace 8 años, puso punto final a tus ojos que no necesitaron de la luz para distinguir individuos de personas; pero el alma de tu música, la voz de tu arpa quedan en nuestros oídos, en considerable número de grabaciones, y entonces, con tu inevitable ausencia nace hoy la leyenda, el mito, que inmortaliza a los hombres en el seno de su pueblo pero en aquellos que aman, que idolatran a su Huamanga, como ya lo hizo, con ‘‘Istacha’’, el ‘‘Opa’’ Román, el ‘‘Guantes’’ Rufino Sulca, Florencio Coronado, ‘‘Quri Maki’’.

Los artistas populares no mueren, viven eternamente en la gratitud de su pueblo, de los hogares que en el momento que desean tocarán tu música y cantarán, bailaran, llorarán igualito, igualito a como cuando tú sentado en tu silla hacías cantar, bailar y llorar a tu arpa, casi siempre en hogares como el tuyo, modestos y sencillos, pero también en algunos pocos y soberbios salones que se acordaban de alguna raicilla huamanguina de sus antepasados. Para ya no mencionar los ríos de lágrimas que se derramaron en hogares de peruanos en el extranjero o en sus salas de concierto donde no sólo Huamanga brilló sino el PERÚ como nación pródiga en geniales artistas de la música.

Aquí, como Huancayo y Cusco, en las que sus autoridades y funcionarios, visten orgullosamente sombrero, poncho, chaleco, pañuelo que identifican a sus pueblos, la muerte de uno de sus artistas populares si bien es motivo de inmensa y colectiva pena es también oportunidad para despedirlo con honor y gloria artística, con su presencia y la de sus compañeros de arte tocando, cantando hasta el mismísimo nicho donde reposarán sus restos.

Felizmente no volvió ocurrir aquí, lo que con otro juglar, cuya guitarra y la de sus compañeros de arte no las dejaron ingresar al cementerio, como si esas compañeras de bohemia fueran peligrosas armas de fuego o incendiarios castillos de fuegos dinamiteros. Fue por eso que hace cuatro años y días, durante el sepelio de nuestro querido Walter Vidal García ‘‘Chobi’’ sus hermanos artistas le dedicaron temas musicales de despedida en la misma cripta funeraria, como tenía que suceder.

Hasta siempre, Tocayo y salúdame por favor a  Walter ‘‘Chobi’’ Vidal García, ‘‘Kunka’’ Ugarte, ‘‘Cajón’’ Pareja, Armando ‘‘Líos’’ Vergara, Allende, ‘‘Tunquchu’’ Paredes, a los hermanos ‘‘Cacho’’ Córdova, ‘‘Satuku’’ Almonacid, ‘‘Chipi’’ Ríos, don ‘‘Goyo’’ Medina, Chipi Pareja, ‘‘Quri Maki’’ Pretell, ‘‘Plaq’’ Amílcar Gamarra, al ‘‘Mestizo’’ Carlos Flores, a los hermanos ‘‘Ampu’’  Alberto y Antonio, al ‘‘Brujo’’ Rivera, al ‘‘Tinterillo’’ Vargas Gastelú, al ‘‘Ralich’’ Pancho de la Cruz, al ‘‘Sapan Qari’’ Felipe Calderón y a mi sobrino César Romero Martínez.

A 08 años de tu partida, sigue descansando en Paz tocayo Antonio Sulca Lozano, ‘‘Sunqu Suwa’’.
 

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