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EL DIVORCIO Y LA TERQUEDAD HUMANA

Por: Gabriel González del Estal

1.- Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto.

El precepto que Moisés se vio obligado a dar a los israelitas, por su terquedad, dice así: si un hombre toma a una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo entregará en su mano y la despedirá de su casa (Deuteronomio 24, 1).

El libelo de repudio era una ley que daba Moisés a su pueblo para regular un hecho que era muy frecuente en su tiempo: un hombre podía despedir, echar de su casa, a su mujer por cualquier motivo y sin tener que dar a nadie explicaciones de esto.

El divorcio dependía exclusivamente del hombre y la mujer quedaba totalmente abandonada y desamparada, sin que tuviera documento alguno que pudiera presentar ante el tribunal, ante los ancianos del pueblo.

El libelo de repudio no servía para mucho a la mujer abandonada, pero era mejor que no tener nada.

La intención del legislador y profeta Moisés, al dar este precepto, era ayudar de alguna manera a la mujer ante la terquedad y dureza de corazón del hombre.

Si el hombre no hubiera sido, una y otra vez, injusto y terco con la mujer, Moisés no hubiera tenido que dar este precepto. Pero la terquedad del hombre en sus relaciones con la mujer no fue algo querido nunca por Dios. Dios quiso desde el principio que la unión de un hombre con una mujer, el matrimonio, estuviera basado en el amor y no en el dominio de un hombre sobre una mujer.

Esta voluntad de Dios respecto al matrimonio sigue siendo hoy tan primera y única como entonces. El divorcio sigue siendo también hoy un hecho frecuente, porque el hombre, en general, sigue siendo un animal muchas veces terco y duro de corazón; es, pues, lógico y necesario que existan leyes que regulen el divorcio.

Pero a los verdaderos discípulos de Cristo no deben hacerles falta estas leyes, porque el discípulo de Cristo no debe dejarse llevar por su terquedad, por la dureza de su corazón, sino por el amor. Esta sigue siendo hoy la voluntad clara y explícita de Cristo.

2.- Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de los cielos.

¡Qué diferencia tan enorme hay entre la hipocresía y malevolencia de los fariseos y la inocencia de los niños! Dios prefiere la inocencia a la malevolencia en las relaciones humanas.

Acercarse a los otros para tentarlos, o ponerlos a prueba, indica estrechez de corazón y ausencia del amor de Dios y del prójimo. Y eso es lo que hacemos nosotros muchas veces en nuestras relaciones humanas: nos acercamos a los demás tratando de encontrar en ellos algo que criticar, en vez de acercarnos a los demás con la única intención de ayudarles y mostrarles nuestro apoyo y nuestro amor.

Actuamos más como fariseos que como niños inocentes. Pero Jesús nos dice que sólo los que acepten el reino de Dios como un niño, podrán entrar en él. Se trata, una vez más, de nuestro actuar con terquedad, con dureza de corazón, en vez de actuar con inocencia y buena voluntad.

Pidamos a Dios que nos dé un corazón puro, un espíritu limpio y generoso en nuestras relaciones con el prójimo; así podremos vivir ya desde ahora en el reino de los cielos.

3.- Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Se refiere, claro está, a Jesús, a quien Dios hizo un poco inferior a los ángeles, mientras vivió en este mundo. Dios quiso que Jesús se “perfeccionara y se consagrara con sufrimientos” para convertirse así en guía de salvación.

Por eso, Jesús puede llamarnos a nosotros hermanos, porque fue en todo igual a nosotros, menos en el pecado.

Jesús sufrió y padeció la muerte, para bien de todos nosotros. Los cristianos debemos vivir como hermanos de Jesús, no rehuyendo nunca el sufrimiento redentor; así el Señor nos coronará también a nosotros de gloria, mediante la resurrección.

Este es el mensaje que quiere darnos hoy en este texto el autor de esta carta a los Hebreos.

(David Fernando Cruz Chumbe / Fuente:www.betania.es)

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