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Qué difícil es ver lo esencial, hoy

Por: Gabriel González del Estal 

1.- Maestro, que pueda ver.

El ciego Bartimeo quería ver cosas físicas, objetos, árboles, personas, porque sus ojos estaban físicamente dañados y no podía ver. Nosotros, hoy tenemos muchísimas más facilidades para ver cosas físicas, que en los tiempos del ciego Bartimeo. Pero han aumentado tanto las cosas que se nos presentan todos los días ante nuestra vista, que lo difícil es acertar a ver qué es lo más importante y esencial en que deberemos fijar nuestra atención.

Una vez más, los muchos árboles pueden no dejarnos ver el bosque. Los medios de comunicación hacen posible hoy que cualquier persona reciba al minuto cientos de rumores, noticias y libres opiniones. Es verdad que recibimos noticias de todos los colores y para todos los gustos, pero también es una triste verdad que los medios de comunicación nos atiborran diariamente con noticias superfluas, insustanciales y banales. Y aquí es donde debemos demostrar nuestra capacidad para ver lo esencial, lo que de verdad interesa a nuestra salud física, psíquica y espiritual. Esto, sobre todo para las personas más jóvenes, es muy difícil. Por eso, creemos que hoy, más que en tiempos del ciego Bartimeo, debemos tener nuestros oídos muy atentos para escuchar al Jesús que pasa junto a nosotros, al Jesús que es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida, para suplicarle con humildad y a gritos: ¡Maestro, que vea! Que no sea la cultura de la banalidad y la superfluidad la que toque y dirija mi vista, sino que vea en cada momento qué es lo más importante y esencial para mi vida.

2.- Al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
El ciego Bartimeo demostró ser una persona decidida y arriesgada no sólo para pedir la vista, sino también para usar correcta y santamente la vista recobrada. No sólo vio a la persona física que le había curado, sino que su fe le iluminó para ver también al Maestro espiritual que podía conducirle hasta la vida eterna. Nuestra visión de Cristo no debe ser sólo un conocimiento histórico y cultural, sino que debe ser ante todo un conocimiento vital y vivencial, un encuentro con él. Conocer a Jesús y no seguirle no sirve para mucho; el conocimiento de Cristo sólo es un conocimiento vivo y eficaz para nosotros si nos lleva hasta el seguimiento, hasta hacer de Cristo el guía y conductor del camino de nuestra vida.

3.- Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas.
También el profeta Jeremías, como el Segundo Isaías, habla a su pueblo de la experiencia dolorosa del destierro y del gozoso y feliz retorno del pueblo de Israel hacia la patria soñada, hacia Jerusalén. Hasta los ciegos y los cojos, las preñadas y las paridas, que se marcharon llorando, volverán entre consuelos. Los maestros espirituales de todos los tiempos han querido ver en el destierro del pueblo de Israel una imagen de nuestra vida, aquí en la tierra, como un destierro, un valle de lágrimas; vivimos en la tierra como desterrados hijos de Eva. Pero también nosotros caminamos, mientras vivimos, hacia la Jerusalén celestial; porque “este mundo es camino para el otro, que es morada sin pesar”, como nos dijo el poeta. Si nos dejamos conducir por Cristo caminaremos con esperanza y alegría hacia un reino nuevo, hacia un reino de paz, de vida, de gracia y de amor. En nuestro caminar terrenal hacia ese reino nuevo Cristo debe ser nuestro guía.

4.- Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.
El autor de esta Carta a los Hebreos nos dice, una vez más, que Cristo, por su muerte en cruz, fue constituido por el Padre como nuestro sumo sacerdote. La vida de Cristo, ofrecida por sí mismo al Padre, nos reconcilió de una vez para siempre con Dios. Este sumo sacerdote nos comprende a nosotros, ignorantes y extraviados, porque él mismo asumió nuestras debilidades, haciéndose en todo semejante a nosotros, menos en el pecado. Cristo sabe que nosotros caminamos por la vida llenos de debilidades, como ciegos y cojos; él quiere ser nuestra luz y nuestro guía. Dejémonos conducir por él, para que en cada momento de nuestra vida veamos con claridad el mejor camino que nos conduzca hacia Dios.

(Por: David Fernando Cruz Chumbe / Fuente: www.betania.es)

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